A raíz de mi último post sobre ese supuesto final feliz en mi proceso migratorio, recibí saludos y felicitaciones de familiares y amigos a los que hacía mucho no veía. También llegaron mensajes de algunos lectores con una pregunta bastante más interesante.
¿Cómo lo hiciste?

De eso trata este post. No de explicar cómo tener éxito en Alemania, porque si tuviera esa fórmula probablemente ya la estaría vendiendo, sino de contar algunas de las casualidades, decisiones y fracasos que terminaron trayéndome hasta aquí.
¿Factor suerte?
Durante muchos años pensé que había tenido suerte. Muchísima suerte.
Tal vez incluso una mano divina moviendo discretamente los hilos para que terminara en Alemania.
Porque, seamos sinceros, ¿cómo explica uno que un muchacho de clase media tirando a baja consiga una beca para hacer un proyecto en Alemania sin contactos, influencias ni esas famosas palancas que suelen abrir puertas?

Para completar la ironía, la universidad donde estudié terminó cerrando algunos años después de que yo me fuera.
Durante mucho tiempo aquello me pareció una señal.
Con los años descubrí que, si efectivamente tenía un ángel de la guarda, debía trabajar medio tiempo, porque hubo bastantes situaciones desagradables que perfectamente pudo haberme evitado.
Lo que sí encontré fue algo menos místico y bastante más interesante. Una cadena de acontecimientos que, vistos hacia atrás, terminan conectándose.
No habría ganado aquella beca si no hubiera asistido a un seminario dictado en inglés.
No habría entendido ese seminario si no hubiera estudiado inglés mientras iba a la universidad.

Y probablemente no habría insistido tanto con el inglés si antes no me hubieran desaprobado durante casi dos años.
A veces uno llega a algún lugar gracias a una sucesión bastante elegante de pequeños fracasos.
Aunque tampoco voy a negar por completo el factor suerte. En 2009, por ejemplo, evité estar en medio del tiroteo de Miramar Beach por algo tan ridículo como haber tenido un accidente en bicicleta unas horas antes.
Hay cosas que uno puede explicar.
Y hay otras que simplemente agradece haber sobrevivido.
El niño del confeti
Mi tía me recordó hace poco una escena de mi infancia.
En las fiestas infantiles, mientras todos corrían hacia la piñata para conseguir un juguete, yo prefería recoger el confeti del suelo, lanzarlo al aire y sonreír como un pequeño desquiciado.
Ella terminaba avergonzada, aceptando algún juguete de consuelo para mí.
No, no tenía problemas de aprendizaje. Tampoco autismo.
Entendía perfectamente cómo funcionaba una piñata.
Simplemente no me importaba.

Con el tiempo entendí que aquello decía bastante de mí. Nunca me preocupó demasiado hacer lo que se suponía que debía hacer, sobre todo si no encontraba una buena razón para hacerlo.
¿Y qué tiene que ver eso con emigrar?
Mucho, creo.
Cuando uno llega a otro país termina revisando quién es, qué quiere conservar y qué está dispuesto a dejar atrás. También descubre que muchas de las cosas que parecían importantes en casa dejan de serlo cuando cambia el escenario.
Y para hacer esa revisión ayuda bastante no vivir demasiado pendiente de lo que los demás esperan de uno.
Porque no todos queremos el mismo juguete.
Algunos todavía preferimos jugar con el confeti.
Mis mejores fracasos
Si hablamos de fracasos, tengo un catálogo bastante deshonroso. Podría dedicarle varios artículos, algunos con desenlaces dignos de una telenovela coreana. Pero hay dos que, vistos con distancia, terminaron cambiando el rumbo de mi vida.
El primero ocurrió cuando tenía doce años.
Mi madre hizo un esfuerzo para mandarme a clases de matemáticas porque yo vivía peligrosamente cerca de desaprobar el curso. Después de una conversación bastante seria, prometí poner de mi parte.
Y cumplí.

Estudié razonamiento matemático, operaciones interminables, raíces y todo aquello que a los doce años puede parecer una forma sofisticada de tortura.
Llegó finalmente el famoso examen de cinco preguntas. Una sola, la más difícil, valía la mitad de la nota. Las otras cuatro, bastante más sencillas, completaban la otra mitad.
Después de estudiar y practicar durante días, desaprobé.
Había resuelto precisamente la pregunta más difícil y fallado las otras cuatro.
Mi segundo gran fracaso llegó algunos años después, cuando quise participar en un programa de Work & Travel en Estados Unidos.
No me rechazaron la visa. De hecho, un año después me la dieron a la primera.
Fallé antes.
No pasé el examen de inglés de la agencia. Mi nivel todavía no era suficiente. Podía volver a intentarlo, pero decidí esperar un año y prepararme mejor.
En ambos casos dolió bastante.

Después del examen de matemáticas, mi padre me llamó tonto. Y cuando fallé la preselección del Work & Travel, algunos compañeros de universidad se burlaron de que alguien como yo creyera que podía terminar en el país de los gringos.
¿Alguien como yo?
Supongo que querían decir alguien ordinario.
No voy a fingir que aquellas cosas no me hicieron dudar. Claro que dudé.
Pero también descubrí algo bastante útil.
Había fracasado, sí, pero cada intento había dejado algo detrás. A los doce años ya podía resolver el problema más difícil del examen. Y años después podía entender casi toda una entrevista en inglés, aunque todavía me enredara al responder.
Desde entonces, los fracasos dejaron de parecerme una sentencia.
Se parecían más a un viejo conocido que aparecía de vez en cuando para recordarme que todavía podía seguir avanzando.
Conclusión
En una época en la que todos parecen competir por alcanzar y premiar la perfección, a veces olvidamos que también son los fracasos los que terminan preparando algunas victorias.
Tampoco vayamos al extremo de fracasar a propósito como si fuera una cábala. Más bien se trata de aprender a mirar esos tropiezos con un poco menos de vergüenza y un poco más de perspectiva. Sobre todo cuando vivimos comparándonos con medio mundo.

Al final, quizá todo pueda resumirse con una frase que escuché de Facundo Cabral
“El mejor nunca gana porque el mejor no compite.”
Termino de escribir esto después de despedirme de Mili, una gatita que, aunque ajena, terminé queriendo bastante. Vivió casi veinte años, que para una gata ya es una vida larga y bien vivida.
Su familia la va a extrañar.


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