Esta es una misiva para los arequipeños que están lejos de casa. Así que, si no se te quiebra un poco la voz cuando empiezas a cantar “Entoneeemooos… Entonemos…”, probablemente este post no sea para ti.

Hola
Sé que muy probablemente no nos conocemos. Pero si llegaste hasta aquí, puede ser porque el título te tocó alguna fibra, te trajo recuerdos que creías bien guardados o, simplemente, porque tienes demasiada curiosidad y un poco de tiempo libre.
Sea cual sea la razón, bienvenido.
Soy un arequipeño más que guarda la bandera del Perú a fines de julio y, apenas empieza agosto, ya anda escuchando la entonación del carnaval arequipeño como si tuviera una obligación contractual con la nostalgia.
Las redes sociales tampoco ayudan. Ese algoritmo miserable empieza a mostrarte videos del Misti, picanterías y esos benditos tests de “qué tan arequipeño eres”.
Y entonces fallas una pregunta.
Una sola.
Y duele más de lo que debería, porque en el fondo sabes la razón. Llevas demasiado tiempo fuera.
No es lo mismo
Yo vivía en Lima. Lo sé, seguramente ya le bajaste varios puntos a mi arequipeñidad. Aun así, déjame continuar.
Una vez regresé de Arequipa cargando varios panes de tres puntas, comprados, por supuesto, en el terminal terrestre. Pensé que me estaba llevando un pedacito de Arequipa conmigo.
Pero cuando los comí en Lima no sabían igual.
Sí, ya sé. El clima, la altura, la humedad, la química y todas esas explicaciones razonables que sirven para arruinar una buena historia.

Pero a veces pienso que con nosotros pasa algo parecido.
Uno sale de Arequipa y algo cambia.
De alguna manera vamos perdiendo ese cantadito al hablar que nos delata, dejamos de comer adobo los domingos, ya no nos compramos un queso helado.
Uno se acostumbra. O al menos eso cree.
Pero quizás lo más extraño no sea todo lo que nosotros cambiamos al irnos, sino descubrir que Arequipa también siguió cambiando sin nosotros.
Y entonces regresas después de mucho tiempo y ya no está el Papá Noel verde caminando por las calles, Scooby dejó de cuidar la Plaza de Armas y tampoco está aquel que llamaban el policía más amable del Perú, en la esquina de Santa Catalina con Ugarte.
Son tonterías, lo sé.
Pero son precisamente esas tonterías las que te hacen entender cuánto tiempo llevas lejos.
El regreso
He tenido demasiados regresos a Arequipa, pero ninguno tan emotivo como aquel en que volví desde Alemania después de casi ocho años.
En Lima ya sentía que estaba en casa, pero fue otra cosa cuando, desde el avión, apareció el Misti.
Se me escapó una lágrima.
Y cuando alcancé a distinguir mi casa a lo lejos, ya estaba perdido. De pronto se me vino a la cabeza El regreso, de los Dávalos, porque aparentemente uno puede vivir años en Europa, aprender otras costumbres y hacerse el muy internacional, pero basta ver el Misti desde una ventanilla para que todo se vaya al carajo.

Está de más contar que lloré como una Magdalena cuando volví a abrazar a mi familia.
Espero tener todavía muchos regresos más.
Aunque debo confesar que cada vez vuelvo con un pequeño temor. El miedo de encontrar una Arequipa un poco más distinta, un poco más extraña, y descubrir que, mientras yo estaba lejos, ella también aprendió a vivir sin mí.
Fuerza, carajo
Oye tú, characato, loncco, camanejo, majeño o como quieras llamarte. Recuerda algo, al arequipeño no le gusta que le pisen el poncho.
¿Duele estar lejos de casa?
Claro que sí. Si no, probablemente no estarías leyendo el blog de un perfecto desconocido que, además, falló un test de qué tan arequipeño era.
¿Es el fin del mundo?
Por supuesto que no.

Como dice El Montonero Arequipeño, somos cholos recios, arequipeños. No porque nos guste sufrir, tampoco exageremos, sino porque de alguna manera estamos acostumbrados a lucharla.
Así que, estés donde estés, te deseo mucha fuerza.
Y si alguna vez la distancia pesa demasiado, recuerda que uno puede irse muy lejos de Arequipa.
Lo difícil es que Arequipa se vaya de uno.
Conclusión
No, no son los efectos del alcohol. A menos que escribir esto escondido como cututo durante un eclipse solar produzca una nostalgia inexplicable y todavía no figure entre las advertencias médicas.
La verdad es bastante menos emocionante. Mientras leía noticias sobre el eclipse, me entró una nostalgia feroz durante esa hora de tren camino a casa, quizás porque faltan apenas unos días para el aniversario de Arequipa.
No conozco a muchos arequipeños en Alemania. Pero estoy seguro de que hay varios pululando por ahí, defendiendo la superioridad moral del rocoto relleno y explicándole a algún pobre alemán por qué los arequipeños insistimos en decir que Arequipa es otro país.
Espero que estas palabras lleguen a alguno.

Y sí, por si te lo preguntabas, fallé el bendito test del arequipeño porque no recordé qué sopa tocaba el miércoles.
Era chochoca.
Una humillación que todavía estoy procesando.
Si llegaste hasta aquí, además de agradecerte semejante acto de masoquismo, te dejo un último reto.
Mira el siguiente video sin que se te escape una lagrimita.

