Comenzó el Mundial de 2026 y, como cada cuatro años, volvió a despertar algo que parecía dormido. No hablo solo del fútbol. Hablo de la nostalgia.
Porque uno puede acostumbrarse al clima, al idioma, a reciclar veinte tipos distintos de basura y hasta a comer pan para cenar. Pero cuando llega un Mundial, inevitablemente vuelve a pensar en las madrugadas, en los amigos, en la familia y en esas reuniones improvisadas donde todos terminaban opinando como si fueran entrenadores profesionales.
¿Dónde ver el Mundial en Alemania?
En 2026 muchos de nosotros hemos aprendido a valorar el impuesto de radio y televisión que pagamos obligatoriamente en Alemania. Sí, ese mismo que uno critica varias veces al año cuando llega el cobro.
Gracias a él, canales públicos como ARD y ZDF transmiten los partidos en señal abierta y también por internet. Sin páginas de dudosa procedencia, sin ventanas emergentes prometiendo premios inexistentes y sin tener que rezar para que algún héroe anónimo retransmita el partido en redes sociales antes de que le cierren la cuenta.

Salvo por un pequeño detalle.
Todo está en alemán.
Quizá sea una motivación adicional para aprender el idioma. Al menos para entender que Tor significa gol y que cuando el comentarista comienza a hablar cada vez más rápido es porque algo importante está ocurriendo.
Aunque debo confesar que, por momentos, extraño a los narradores latinoamericanos. Esos que convierten un saque lateral en una tragedia griega y que son capaces de relatar un tiro al palo como si el destino de la humanidad dependiera de ello.
No descarto que para alguna semifinal dramática o para la final termine escuchando una radio en español mientras veo la transmisión alemana. Hay nostalgias que ni diez años en Alemania logran curar.
Pero el Mundial no solo se nota frente al televisor.
El culto a la cerveza
Durante el Mundial también ocurre otro fenómeno curioso. Los supermercados alemanes parecen prepararse para una invasión.
Las cervezas, las papas fritas y los pañales suelen estar peligrosamente cerca.
Es posible que muchos padres agradezcan ese gesto tan noble de la distribución moderna. Y para los más optimistas, no muy lejos de los pañales también suele estar el estante de preservativos.

Aunque debo admitir que ver a alguien salir con un paquete de pañales, dos cajas de cerveza y tres bolsas de papas fritas siempre me hace pensar que Alemania se está preparando para algo importante.
Porque una cosa es llevar un sixpack para ver un partido.
Y otra muy distinta es abastecerse como si los cuartos de final fueran a durar dos semanas.
Una prueba de amor
Como todo detective aficionado, durante los mundiales he desarrollado mis propias teorías.
Y una de ellas es que ver una final del Mundial, o una semifinal de esas que aceleran el pulso, puede ser una curiosa prueba de amor.
He sido testigo de cancelaciones despiadadas para escapar con los amigos dejando a la pareja en casa. O simplemente de anuncios oficiales informando que durante ciertas fechas del Mundial no se estará disponible para ningún plan romántico. Muy modernos.
También están los estrategas. Esos que organizan reuniones en lugares absurdamente lejanos o escogen bares a una distancia cuidadosamente calculada para alejarse de su estrés con nombre propio.
Pero luego están los otros.

Los que ven el partido juntos.
Los que sobreviven noventa minutos, una prórroga, una tanda de penales y las discusiones arbitrales sin separarse.
No sé si eso sea amor verdadero.
Pero sospecho que es una señal bastante prometedora.
Conclusión
No sé quién ganará este Mundial.
Como buen latino, mi apoyo suele ir primero a cualquier selección de nuestra región. Y si ya no queda ninguna en pie, entonces empiezo a adoptar equipos. España, Portugal, Italia o cualquier país que me permita entender al menos algunas palabras durante las entrevistas.
Pero debo confesar algo.
Cuando juega Alemania también me emociono.
Después de tantos años aquí, de tantos inviernos, trámites, amistades, trabajos y recuerdos, es imposible no sentir algo cuando suena el himno o cuando el equipo marca un gol importante.
No he dejado de ser peruano.
Pero creo que Alemania también me robó un pedacito del corazón.

Escribo esto en medio de una semana estresante, tratando de planificar mil cosas y de convertirme, por fin, en un adulto funcional.
Y sin embargo llega el Mundial.
Y de pronto vuelvo a discutir alineaciones, a revisar horarios de partidos y a emocionarme por veintidós personas corriendo detrás de una pelota.
Supongo que no es la peor forma de escapar un rato de la vida adulta.

