Por más increíble que parezca, Alemania también puede convertirse en un horno.
Durante años uno escucha que aquí hace frío, que los inviernos son largos, que el sol aparece poco y que conviene aprovecharlo como se aprovecha una visita inesperada de la familia. Pero este verano el calor dejó de ser una anécdota simpática para convertirse en una especie de castigo bíblico con ventilador.
En algunas zonas del país se esperaban temperaturas cercanas o incluso superiores a los 40 grados. Sí, 40 grados en Alemania. El mismo país donde uno compra chaquetas en agosto porque nunca sabe cuándo el clima decidirá humillarlo.
Y el problema no es solo el calor.
El problema es que muchas casas alemanas fueron diseñadas para resistir al invierno, no para sobrevivir a una tarde de junio en la que uno siente que vive dentro de una papa al horno.
Ya lo vi venir
Las veces en que mi madre me ayudó a empacar, no escatimó en abrigos, bufandas ni medias gruesas.
«Es para el invierno, hijito», me decía, mientras metía otra prenda de lana en la maleta como quien prepara a su hijo para una expedición al Polo Norte.

Y tenía razón.
Mi primer invierno en Alemania fue de esos que todavía dan escalofríos al recordarlos. No porque fuera especialmente dramático, sino porque uno descubre que el frío europeo no pregunta si estás preparado. Entra por los zapatos, se instala en las manos y consigue que una simple caminata hasta el supermercado parezca una misión de supervivencia.
También recuerdo mi primer verano.
Era casi como una primavera latinoamericana un tanto más caliente. Había días agradables para meterse al lago, jugar fútbol en el parque, tomar cerveza con amigos y terminar la tarde haciendo una parrillada con esa felicidad ingenua de quien cree que Alemania solo sabe ser fresca y ordenada.
Hacía calor, sí.

Pero no era ese calor que te despierta de madrugada porque la habitación se convirtió en una sauna. Ni ese que hace inútil abrir las ventanas, porque afuera parece que alguien dejó encendido un secador de pelo gigante.
A veces me acuerdo de esos documentales que veía de niño, con osos polares sobre pedazos de hielo y una voz grave advirtiendo que el clima podía cambiar.
No sé si era exactamente de esto de lo que hablaban.
Pero aquí estamos, en Alemania, con persianas cerradas, ventiladores agotados en las tiendas y más de uno extrañando aquel frío del que tanto se quejaba.
Mi kit de supervivencia
Para muchos alemanes debo ser uno de los latinos que menos encajan en el prototipo tropical.
El sol y yo no nos llevamos muy bien.
Si no fuera porque me encanta el ajo y uso ropa colorida, probablemente encajaría más como vampiro que como peruano. No como uno de Crepúsculo, claro. Más bien como el Conde Contar de Plaza Sésamo. Pero ese es otro tema.

Desde niño he tenido una lucha bastante larga con el sol. Siempre buscaba la sombra y, con los años, fui desarrollando pequeños protocolos para sobrevivir a los días demasiado calurosos.
Para empezar, en mi mochila llevo dos ventiladores pequeños. Uno de mano y otro que se cuelga al cuello. Puede parecer exagerado, pero uno nunca sabe cuándo el tren, la oficina o una sala de espera alemana se convertirán en una sauna improvisada.
Para el calor copié algo que vi hacer a muchos japoneses. Usan una toalla húmeda alrededor del cuello. Si tienes que caminar mucho o hacer trabajo físico, ayuda bastante. Solo hay que volver a humedecerla cada cierto tiempo, porque después uno termina llevando una bufanda tibia y triste.
Ahora, si tu problema es que sudas tanto que tus camisetas empiezan a contar su propia historia, yo opté por llevar un pañuelo ligero.

Todo va al pañuelo.
El sudor del cuello, el de la frente, el momento incómodo antes de saludar a alguien. Además, cuando queda un poco húmedo y fresco, sirve para bajar la temperatura. Y de paso te hace parecer un intelectual que está pensando algo importante, aunque en realidad solo estés calculando cuánto falta para llegar a casa y quitarte la ropa.
Y para el olor descubrí hace poco la piedra de alumbre.
No evita que sudes, porque no es un antitranspirante, pero ayuda bastante a evitar el mal olor. Es pequeña, dura mucho y parece una piedra mágica que alguien vendería en una feria medieval. No hace milagros, pero en días de calor puede ser la diferencia entre llegar dignamente a una reunión o pedir que todos mantengan una distancia prudente.
Sueños húmedos
Uno de los peores problemas de este calor no es caminar, trabajar o fingir que uno todavía tiene dignidad en el tren.
Es dormir.
En un viaje por el Amazonas me hospedé en un lugar humilde, pero bonito, sin aire acondicionado. Durante el día sobrevivía a base de duchas cada dos horas, como si mi cuerpo necesitara reiniciarse constantemente.
Pero la noche era otra historia.

El ventilador hacía tanto ruido que parecía que un helicóptero estaba aterrizando en la habitación. El problema era que, además de hacer ruido, casi no servía para nada. Solo movía el mismo aire caliente de un lado a otro, con mucho entusiasmo y pocos resultados.
Hasta que descubrí un pequeño truco.
Rocié un poco de agua sobre las sábanas con un spray. No hasta convertir la cama en una piscina pública, claro, solo lo suficiente para que quedaran frescas. Y por fin pude dormir.

Tengo amigos que meten la ropa en la refrigeradora antes de acostarse. Otros colocan una botella de agua congelada detrás del ventilador, intentando fabricar un aire acondicionado con presupuesto de estudiante.
Cada uno encuentra su propio acuerdo con el verano.
Eso sí, cuidado con dormir toda la noche con el ventilador apuntando directamente a la cara. Tal vez no te dé gripe, pero puedes despertar con la garganta seca, el cuello duro y la sensación de que tu cuerpo ya no quiere seguir colaborando contigo.
Conclusión
Este inicio de verano nos agarró desprevenidos.
El calor extremo ya no es solo una excusa para quejarse en el trabajo o mirar con nostalgia las fotos de Navidad. También deja daños, incomodidad y esa sensación rara de que Alemania, por unos días, decidió probar cómo se vive dentro de una olla.
Ojalá alguno de estos trucos te ayude a sobrevivir un poco mejor. Y, si no, al menos espero haberte robado una sonrisa mientras peleas con el ventilador.

Escribo esto mientras afuera hay 28 grados y dentro de mi departamento hay 30.
No sé exactamente qué hice mal.
Tal vez debí cerrar las persianas antes. Tal vez debí comprar aire acondicionado. Tal vez nunca debí encender la computadora.
En fin, parece que escribir también aumenta la temperatura de la habitación.

