El alemán y yo aún no hemos terminado

Mi profesora del curso de alemán de los jueves acaba de ser despedida.

Después de dos años con ella, ya la veía como la tía alemana que nunca tuve. O, por qué no, como una especie de psicóloga que escuchaba nuestros problemas mientras corregía, eso sí, con paciencia, nuestra gramática y pronunciación.

Ad

Por eso sentí que esta vez era el alemán quien me había dejado a mí.

Aunque fuera momentáneamente.

Su partida despertó varios recuerdos sobre mi larga trayectoria como alumno vitalicio de un idioma que llevo años persiguiendo y que, por lo visto, todavía no termina de dejarse alcanzar.

Sudor y lágrimas

Siempre he escuchado que aquello que uno quiere en la vida debe ganárselo con sudor y lágrimas.

En mi caso no fue una metáfora.

Había alcanzado apenas el nivel A2 cuando me envalentoné y decidí inscribirme en un curso intensivo de alemán para llegar al C1.

La ambición era grande. El presupuesto, lamentablemente, no.

El curso costaba algo más de 300 euros, que para mí en aquella época era mucho dinero. Además, durante los tres meses que duraría, solo tendría libres los fines de semana para realizar algún trabajo adicional.

Contaba con lo mínimo indispensable para sobrevivir, pero no con dinero para semejante inversión. Así que me puse a buscar un trabajo que pagara bien por hora y no exigiera un alemán avanzado.

Y terminé encontrándolo en una cantera.

Era un trabajo extenuante. Tuve accidentes y sangré. Y sí, también lloré de frustración.

Sudor, sangre y lágrimas. El paquete completo de los bienaventurados, aunque yo no me sentía particularmente bendecido.

Pero conseguí pagar el curso intensivo de alemán.

Al fin y al cabo, el C1 no iba a perseguirme a mí.

El plan B

Es una sensación extraña entrar en un curso intensivo de alemán C1 teniendo apenas un nivel A2.

Aprobaba los exámenes de gramática, pero las pruebas orales eran otra historia. Tal vez era mi timidez. Tal vez era el pequeño detalle de que una persona con nivel A2 difícilmente empieza a hablar como una con B2 de la noche a la mañana.

Aun así, terminé el curso.

Mi profesor, sin embargo, me dejó una advertencia. No creía que pudiera aprobar el TestDaF que necesitaba para estudiar en Alemania.

Y tuvo razón.

Desaprobé únicamente por el examen oral.

Me habría gustado guardar unos días de luto, pero no tenía tiempo para ceremonias. Puse en marcha el plan B y me preparé para el DSH-2.

No incluía una prueba oral, lo cual ya era una pequeña bendición. A cambio, los ejercicios de gramática y la producción escrita parecían diseñados por alguien que no deseaba sinceramente que los extranjeros fueran a la universidad.

Pero aprobé.

No había conseguido dominar el alemán. Apenas había encontrado otra forma de vencerlo y, probablemente, de convencerme de que ya lo dominaba.

La dura realidad

Ser aceptado en una universidad alemana me hizo inflar el pecho de orgullo.

Tenía el certificado, la admisión y la satisfacción de haber superado una prueba que, unos meses antes, parecía imposible.

Solo faltaba un pequeño detalle.

Hablar alemán.

Muy pronto choqué con la realidad y descubrí mis limitaciones al intentar conversar, participar en clase o responder sin preparar primero cada frase dentro de mi cabeza.

Tal vez por eso el TestDaF incluía un examen oral.

Tal vez aquella prueba no había sido tan injusta como yo quería creer.

O tal vez seguía siendo la misma timidez perpetua, acompañándome desde el español y negándose a abandonarme incluso cuando cambiaba de idioma.

Afortunadamente, la universidad también ofrecía cursos de alemán.

Ad

No siempre me iba bien en los exámenes. Muchas veces salía del aula con más preguntas que respuestas y con nuevas reglas gramaticales que parecían contradecir las que había aprendido la semana anterior.

Pero no tenía otra opción que seguir.

También empecé a notar algunas mejoras. No porque un día despertara hablando alemán perfectamente, sino porque poco a poco dejé de pedirle permiso a la gramática para abrir la boca.

Quizá aprender un idioma consiste precisamente en eso.

Atreverse a hablar, provocar algunos malentendidos y continuar la conversación como si todo hubiera salido según lo previsto.

El loop infinito

No considero que hable un alemán perfecto.

Pero, oye, puedo desenvolverme sin demasiados problemas y hasta hacer reír a la gente con mis ocurrencias en alemán. Eso, al menos, lo considero una victoria personal en esta batalla interminable contra el idioma.

En el plano personal, por tanto, no me va tan mal.

En el profesional, sin embargo, la historia es distinta.

A veces siento que todavía no consigo mostrar en alemán al profesional que soy en español. Tengo las ideas, la experiencia y los argumentos, pero no siempre encuentro las palabras con la misma rapidez ni consigo expresarlos con la misma precisión.

En esos momentos vuelvo a sentirme como aquel muchacho que entró en un curso de C1 teniendo apenas un nivel A2.

Quizá por eso aún sigo asistiendo a clases de alemán.

No por nostalgia.

Tampoco por amor a las declinaciones.

Más bien por la necesidad constante de alcanzar, algún día, esa versión alemana de mí mismo que parece avanzar cada vez que yo me acerco.

Conclusión

Probablemente debería mirar el vaso medio lleno y no medio vacío.

Lo sé.

Ya no me siento tan perdido en Alemania como al principio. Puedo trabajar, conversar, hacer bromas y defenderme cuando una carta oficial amenaza con arruinarme la semana.

Pero esta larga odisea como alumno vitalicio me ha dejado algunas conclusiones.

La primera es que ningún curso, por caro que sea, puede aprender el idioma por ti. El dinero puede pagar profesores, libros y certificados, pero las palabras siguen dependiendo de uno.

La segunda es que aquello que parece imposible deja de parecerlo cuando se repite durante el tiempo suficiente. No ocurre de un día para otro. Ocurre lentamente, entre errores, vergüenza, paciencia y alguna conversación que uno entiende cinco minutos después de que terminó.

Escribo esto durante un fin de semana en el que estoy lastimado y adolorido después de un día intenso de fútbol en el Jardín Inglés de Múnich.

También estoy algo triste por haberme despedido de mi profesora de alemán.

Pero la vida sigue.

Lo sabe ella y lo sé yo.

Al final, la vida es apenas un parpadeo y tenemos que vivirla lo mejor que podamos, incluso cuando no encontramos las palabras exactas.

Durante muchos años fui yo quien persiguió al alemán.

Esta vez fue el alemán quien me dejó momentáneamente.

Pero él y yo aún no hemos terminado.

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

Suscríbete

Escribo solo cuando tengo algo que decir. Cero spam. Palabra.

Ad

Subscribe
Notify of
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted