¿Hay vida después del final feliz?

Ha pasado más de un año desde que terminé mi maestría en Alemania y conseguí un trabajo a tiempo completo, un sueldo decente y varias de esas cosas que durante años archivaba mentalmente en una lista llamada «cuando por fin me vaya bien».

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Y, sin embargo, algunas veces me siento como el Coyote cuando finalmente atrapa al Correcaminos y se queda mirándolo sin saber qué hacer después.

Aprender alemán. Terminar los estudios. Encontrar trabajo. Sobrevivir a la burocracia.

Check.

Lo conseguí.

¿Y ahora qué?

De eso trata este post. De la vida después del supuesto final feliz.

Checklist de felicidad

Antes de continuar, hagamos un pequeño checklist de las cosas que tuve que conseguir desde que llegué a tierras teutonas.

  • Aprender alemán hasta el punto de que algunos de mis sueños y pesadillas más bizarras ya vienen doblados en ese idioma. Check.
  • Conseguir que me aceptaran en una universidad alemana. En realidad, hasta en dos. Check.
  • Trabajar en mi profesión mientras estudiaba. Check. Aunque también trabajé fuera de ella, porque el romanticismo migratorio tiene límites y el alquiler no acepta vocación como forma de pago.
  • Hacer mi tesis de maestría en una empresa y conseguir que además me pagaran por hacerla. Check. Aunque por momentos parecía que no lograría ninguna de las dos cosas.
  • Encontrar finalmente un trabajo haciendo algo que me gusta. Check. Ya era hora de que también me pasaran cosas buenas, aunque la búsqueda pareciera interminable.

No fue precisamente fácil.

Mis padres tampoco tenían una fortuna escondida para financiar mi aventura europea. Hicieron lo que pudieron, especialmente mi madre, y yo hice lo mismo desde este lado del charco.

Durante años estudié, trabajé, ahorré, improvisé y practiqué ese deporte tan popular entre los extranjeros llamado hacer malabares para llegar a fin de mes.

Por eso sentí que me había ganado el derecho de derramar algunas lágrimas camino a casa mientras sostenía mi certificado de maestría.

No lloré mucho. Tampoco exageremos.

Pero lloré.

Un viejo corsario

Esto no es una competencia de desgracias, pero podría jactarme de haber pasado por suficientes momentos difíciles como para desarrollar ciertas habilidades de supervivencia que ninguna universidad alemana tuvo la delicadeza de incluir en su plan de estudios.

¿Quedan veinte euros para sobrevivir dos semanas?

No hay problema, caballero.

Veamos qué tiene Aldi de oferta. Unas menestras, algunas verduras, raciones para la semana y, si todavía alcanza para un limón, vitamina C para que el cuerpo no tenga además la mala educación de enfermarse.

¿Hay agujeros en la ropa?

Tampoco pasa nada.

Siempre hay aguja e hilo en alguna tienda de todo por un euro. Punto cruz, puntada hacia atrás y algún intento ornamental se aprenden bastante rápido en YouTube.

Eso sí, con los jeans no hago milagros. Para eso todavía existe la costurera.

¿Cabello demasiado largo?

Un lienzo esperando a su artista.

Unas tijeras, una máquina Philips y suficiente confianza injustificada pueden hacer maravillas.

No importa que solo sepa hacer una variación algo peligrosa del corte militar.

El cabello vuelve a crecer finalmente.

¿Demasiados pensamientos dando vueltas por la cabeza?

Compremos un dominio por doce dolares, abramos un blog y escribamos hasta que alguno de esos demonios se aburra y se vaya.

Así me fui convirtiendo, sin darme cuenta, en una especie de viejo corsario. Uno de esos tipos que ha pasado por suficientes tormentas como para no asustarse cuando empieza a llover.

Siempre había alguna solución.

Más barata, más lenta, menos elegante, pero solución al fin.

Ahora las cosas son distintas.

Durante tantos años mi cabeza estuvo ocupada resolviendo el siguiente problema que, ahora que no hay ninguno urgente, algunas veces parece no saber qué hacer.

Tal vez el viejo corsario finalmente llegó a puerto.

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El problema es que todavía duerme esperando la próxima tormenta.

Mi tesoro

Lo sé. Es posible que esté exagerando.

La vida es bonita y ya no estoy en modo supervivencia. En muchos sentidos estoy viviendo aquello que imaginaba cuando llegué a Alemania.

Con lo que no contaba era con que, una vez resuelto el dinero suficiente para vivir con cierta tranquilidad, empezaría a faltarme algo bastante más caro.

Tiempo.

Tiempo para no hacer nada. Tiempo para leer. Para jugar fútbol. Para escribir. Para dormir sin poner una alarma con intenciones criminales.

Tal vez de verdad me convertí en un viejo corsario, porque ahora cualquier plan pasa primero por una pequeña auditoría mental.

¿Una invitación para una boda en Perú?

Hermoso. Pero significa vuelos, vacaciones y por lo menos una semana sin mi pequeña paz cotidiana.

Lo siento.

¿Una discusión eterna sobre izquierdas y derechas?

Podría hacerlo.

También podría usar ese tiempo para resetear el cerebro jugando Mario Bros.

Y sospecho que Mario tiene mejores argumentos.

El tiempo se ha convertido en mi nuevo tesoro.

Y algunas veces lo quiero solamente para mí.

Porque si tampoco tuviera eso, probablemente tendría que escribir mucho más para soportarme.

Conclusión

Después de este pequeño desahogo, conviene admitir algo.

Mi leyenda personal, como diría Paulo Coelho antes de venderme otro libro sobre el universo, todavía continúa.

Qué bueno que ya no tenga que sufrir demasiado por el dinero. Ahora ya no me matan los antojos por la calle ni leo los precios del restaurante de derecha a izquierda.

Supongo que eso también es progreso.

Ahora tengo otras metas. Aprender francés, seguir escribiendo y, con algo de suerte, publicar algún día un libro.

Podría llamarse Un latino en Alemania.

O Me fui porque lo necesitaba.

Y cerrar la trilogía con I am back, bitches.

Fuera de bromas, sí quiero escribir un libro.

Escribo esto mientras cae una tormenta con granizo después de una semana de calor obsceno.

Buen momento para mirar hacia atrás y pensar en lo que viene.

Tal vez el final feliz nunca fue el final, sino aprender a disfrutar las cosas simples de la vida…

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