La depresión de invierno y el migrante

El invierno en Alemania tiene la delicadeza de un proctólogo. Te mira, te evalúa y luego te mete cinco meses de frío, poca luz y esa sensación absurda de que el mundo se volvió gris. De pronto uno amanece con presión en el pecho, ataques de ansiedad, ganas de llorar por cualquier tontería… y se pregunta qué pasó.

Los alemanes lo llevan con una naturalidad casi zen. Les basta un mercado navideño, dos velitas y un Glühwein para convencer al espíritu de que no está tan mal vivir en Mordor. Pero uno, como migrante, juega el videojuego de la vida en nivel experto. Lejos de la familia, lidiando con la Extranjería, ese laberinto burocrático donde Teseo habría pedido asilo político, y con la sensación permanente de que el sol es una teoría conspirativa.

Cuando llegué lo entendí rápido. O encontraba mis rituales, o terminaba abrazado a un calefactor al que inevitablemente iba a llamar Wilson. Así que me inventé mis propios planes de contingencia ante el invierno. Ir a la piscina a bucear como quien huye del mundo bajo el agua, recordando la última vez que fui a la playa. Perderme en fiestas de salsa donde la humanidad recupera su temperatura natural y donde la alegría latina aparece sin necesidad de cursos de integración. Y, sobre todo, esas noches con amigos donde cocinamos, conversamos y terminamos jugando UNO como si el más cuatro también significara cuatro grados adicionales y algunos rayos de sol para salir a caminar y hacer fotosíntesis como las plantas.

También en las noches de soledad invernal me atreví a tocar la guitarra, en conciertos privados donde yo mismo me aplaudía y me abucheaba cuando la nota no salía bien. Y, tal como mi madre y mi abuela, he terminado convertido en coleccionista de hierbas para té. Muña, valeriana, jamaica, eucalipto y manzanilla. Un detalle curioso para quien no lo sepa: la valeriana huele a queso rancio, pero vuelve locos de amor a los gatos.

Con todo eso he sobrevivido a estos años de hielo y a esos días que duran quince minutos, o cinco si el clima decide exagerar.

Ahora, en un arrebato de madurez que nadie vio venir, estoy probando la meditación. No sé si me calma o si solo me estresa la idea de tener que calmarme, pero ahí voy, respirando como monje tibetano en Baviera, imaginando un mar inmenso en calma y viendo a mis pensamientos saltar al agua hasta que se aburren y se van. Aunque, siendo honestos, no siempre se van.

Y tú, cuéntame cómo sobrevives al invierno alemán sin perder la cordura, el humor o las ganas de seguir aquí.

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Anonymous
Anonymous
3 months ago

Me encantó lo que escribiste!