Cuando dejas Alemania pero Alemania no te deja a ti

Vuelvo pronto a Perú. Y esta vez no lo hago llorando en el aeropuerto ni con una maleta llena de incertidumbre, sino de vacaciones, con pasaje de ida y vuelta. «Ida y vuelta». Dos palabras que me dan la sensación de que tengo el control de mi vida.

Eso, en teoría, cambia todo. O eso me digo. Porque según las estadísticas de mi vida, los dramas no llegan cuando todo está mal, sino cuando uno comienza a sentirse cómodo con la rutina.

Es la segunda vez que regreso. La primera fue una versión latina de tragedia griega. Solo ida. Futuro incierto. Un corazón partido entre la burocracia alemana, que te pide tres formularios para respirar, y la espontaneidad peruana, que te abraza sin preguntar si firmaste consentimiento.

En el avión miraba por la ventanilla como si en cualquier momento alguien gritara que todo había sido un malentendido y que yo debía volver a mi rutina alemana de reciclaje y la puntualidad de los 5 minutos antes. Pensaba que quizá no regresaría jamás a Alemania. Me repetía que el destino decidiría. Lo decía con solemnidad, como si el destino fuera el agente de migración que sellaría mi pasaporte.

Ahora es distinto. No huyo. No regreso derrotado. Voy de visita. Voy con la tranquilidad de que volveré a Alemania. Soy un migrante con billete de retorno. Un migrante jugando el juego de su vida en modo easy por primera vez.

Y, sin embargo, la sensación es sospechosamente parecida. Sigo sin pertenecer del todo a ningún sitio. Soy extranjero allá y soy ligeramente extranjero aquí. Una edición limitada.

La primera vez que pisé Arequipa después de años fuera fue un reencuentro de película. Abrazos largos. Comida en exceso. Esa hospitalidad que te hace subir tres kilos en dos días y sentir que es un acto de amor patriótico. Todo parecía igual. Y, al mismo tiempo, peligrosamente distinto.

Luego llegaron los detalles. Esos que nadie menciona cuando habla de migración con tono épico y música de fondo.

Extrañaba el silencio del domingo alemán. El famoso Ruhe Sonntag, donde encender la aspiradora parece delito federal. Extrañaba los parques inmensos con lago en verano, los asados con opción vegetariana y cerveza fría, los mercados navideños donde el frío huele a vino caliente con canela.

Y ahí estaba yo, en Perú, comiendo ceviche, tamales y anticuchos como si el colesterol solo afectara a los demás. Feliz, sí. Pero con una punzada rara. Como si mi identidad hubiera firmado contrato en dos países y ninguno quisiera rescindirlo porque soy querido en ambos.

Cuando me fui de Perú, mi vocabulario era orgullosamente callejero. Hablaba en código. En ese idioma que solo entienden los que crecieron en la misma esquina emocional. Al regresar descubrí que el diccionario había sido actualizado sin consultarme. Nuevas palabras. Nuevas referencias. Lo que antes era inaceptable ahora era tendencia.

Y yo, terco, negándome a actualizar el software lingüístico. Me resistía a llamar «papi» a desconocidos. No llamaba «papi» ni a mi padre desde los doce años. ¿Cómo iba a hacerlo ahora con el frutero o el verdulero?

Lo curioso es que en Alemania me pasa exactamente lo contrario. En Navidad me invade una nostalgia casi ridícula por la mesa familiar, por el ruido, por esa conversación que empieza en política, se desliza hacia el chisme y termina inevitablemente en comida. Extraño lo que allá critico. Idealizo lo que aquí cuestiono. El clásico migrante que nunca sabe dónde es más feliz y siempre sospecha que el pasto es más verde al otro lado del charco.

Uno cree que migrar es cambiar de ubicación geográfica. Error. Migrar es dividir el corazón en dos sistemas horarios. Es defender al barrio hasta la muerte y, al mismo tiempo, admirar con secreta devoción el orden del país que te adoptó. Es quejarte del frío alemán mientras compras vino caliente en diciembre como si fueras local.

Con el tiempo entendí algo incómodo. No se trata de elegir. No es Alemania versus Perú. Es aceptar la incomodidad permanente. Siempre faltará algo. Siempre habrá alguien especial al otro lado del charco. Siempre existirán personas en ambos lugares que no fueron memorables, pero que igual forman parte del paisaje emocional que te construyó y sigue construyendo.

La migración no te deja volver intacto. Te convierte en un híbrido cultural. Ya no eres completamente de aquí ni completamente de allá. Eres una versión 2.0 de ti mismo. Con acento mezclado. Con vocabulario híbrido. Con una identidad ambigua.

Quizá ahí está la clave. No se trata de pertenecer a un solo lugar. Se trata de aceptar que tu hogar ya no es un punto en el mapa, sino donde están las personas que amas. Y con el tiempo, esas personas empiezan a estar aquí y allá al mismo tiempo, como si también tuvieran doble residencia.

Alemania no me dejó cuando me fui. Perú tampoco me dejó cuando partí.

Tal vez esa sea la verdadera patria del migrante. No el territorio. Sino la tensión elegante, dramática y ligeramente neurótica entre dos mundos que aprendiste a amar.

Y sí, escribí esto en tres horas, un domingo después de lavar ropa, limpiar la habitación y la cocina. Con el cuerpo adolorido porque el sábado fui a jugar pádel y, muy a mi pesar, descubrí que no soy tan malo.

El migrante moderno ya no solo divide su corazón en dos países. También lo divide entre la nostalgia, el Excel, el supermercado alemán y un partido de pádel que juró que es un juego muy fino para él.

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