Diciembre tiene la mala costumbre de recordarte que estás lejos de casa justo cuando más te gustaría no estarlo. Y sí, lo digo con conocimiento de causa. He pasado muchas Navidades lejos de mi país y de mi familia, y en todas he aprendido algo, aunque a veces haya sido con noches de arroz con huevo o discotecas vacías.
Mi primera Navidad lejos fue un golpe de suerte. Me tocó Estados Unidos, Florida, donde los latinos son tantos que uno cree haber aterrizado en una sucursal tropical mal iluminada. Llegué con la ilusión ingenua de una cena navideña humilde pero cálida, de esas donde alguien corta el pavo de Nochebuena con nostalgia.

Me sirvieron arroz con huevo frito.
Y acto seguido me dijeron que me alistara porque esa noche tocaba disco.
Creí que se burlaban. No. Habían planificado la Nochebuena en una discoteca donde, por lo que vi y viví, Dios no entraba desde 1987. Las cosas que pasaron ahí no las pongo en mi blog, porque hay cosas que hasta yo sé que no se deben contar. Y fue ahí donde conocí a Francisco, un gurú inesperado que me enseñó varias lecciones de vida que todavía aplico, aunque él seguro ya ni se acuerda de mí.
SOLO Y MELANCÓLICO
La segunda Navidad me encontró en Alemania. Y claro, yo, confiado, intenté replicar la fórmula norteamericana pero con un menú más completo, porque como muchos, a veces confundimos comida con cariño. Preparé pollo asado, papas fritas y una botella de vino para brindar conmigo mismo. Suena desalentador, pero en mi cabeza me veía estoico y valiente.
La realidad fue más cruel. El pollo sabía a una patada en la entrepierna y brindar solo es algo que también debería estar regulado por la Unión Europea.

Con un resto de optimismo, fui a una fiesta navideña organizada por la universidad. Llegué y había diez personas dispersas, nadie bailaba, nadie hablaba, o eran telépatas o simplemente ya no tenían emociones instaladas. Nadie parecía haber recibido el milagro del espíritu navideño en su sistema operativo. Magdeburg en diciembre no es precisamente como Las Vegas o Miami. Volví a casa antes de medianoche, puse caricaturas y le recé a los cielos poder dormirme rápido, como un niño castigado pero con el estómago lleno.
A PRUEBA DE ERRORES
Después de esa Navidad gris, me prometí no volver a repetir el ridículo.
Invité a un pequeño grupo de náufragos emocionales como yo, extranjeros sin familia cerca y con hambre, mucha hambre. Compré un pollo de cinco euros, lo bañé con un aderezo improvisado con lo que encontré en la cocina y, sin quererlo, empezó la magia de la Navidad.
Alfonso, uno de los invitados, llegó tarde porque tenía cita navideña con una chica. Nos contó la historia mientras devoraba una pierna de pollo como si fuese la última proteína del planeta. Aquello terminó siendo una terapia grupal sin psicólogo, música no navideña, partidas de UNO, confesiones, tragedias amorosas y sueños que parecían demasiado grandes para un departamento compartido. Y sí, acabamos a las tres de la mañana felices, riendo, borrachos y llenos de pollo barato. Hermoso y memorable.

Años después, me adoptó una pareja de amigos, uno de ellos alemán como salido de una postal, además de divertido. Viví mi primera Navidad teutona, con misa, paseo por el bosque, cena simple pero acogedora y conversaciones que te arrullan mejor que un villancico.
Me dormí temprano esa noche, pero con una paz que no sentía hacía tiempo. Fue la primera vez en mucho tiempo que me sentí en familia.

El 25 me presentaron a toda la familia, un ejército entero de tíos, primos y hermanos que parecían competir por quién decía Frohe Weihnachten con más entusiasmo. Caminamos por la ciudad, tomamos vino caliente y tuve esa sensación rara de pertenecer sin realmente pertenecer. Fue una bonita Navidad.
Ahora tengo mis propios rituales navideños. Hornear pollo, pavo o lo que permita el presupuesto del mes. Ver obras teatrales amateurs en iglesias alemanas que me recuerdan a mis actuaciones escolares, pero con más recursos. Pasear mientras escucho alguna canción que me suba la moral antes de la cena.
Paso la Navidad con amigos que ya son familia. Y si alguna vez volviera a estar solo, me iría a Berlín sin dudarlo. Una ciudad donde siempre hay un bar abierto, una fiesta escondida o un DJ que cree que mezclar Last Christmas con techno es una idea brillante. Y si no hay dinero, pues maratón de Home Alone sin vergüenza alguna.

En la vida uno tiene que aprender a estar bien incluso cuando no hay nadie para brindar contigo.
Conclusión
Si has llegado hasta aquí, felicidades. O te sientes identificado o tienes un nivel de chisme muy saludable. En cualquier caso, mi deseo es simple. Que prepares algo bonito esta Navidad, aunque sea solo para ti. Que no te falte alegría, aunque sea fabricada caseramente.
Y que te regales, al menos por un día, la ilusión de que todo va a estar bien.
Créeme. A veces basta con eso.


Me he sentido muy identificada con tu post. Yo vivo desde hace 16 años en Viena y suelo pasar la Navidad en Barcelona con mi familia. Este año por eso me toca trabajar, así que pasaré la Navidad rodeada de mis compañeros de trabajo y con mis vecinos que son maravillosos. Feliz Navidad!
Hola Priscila =),
Muchas gracias por dejar tu comentario, pienso que tienes mucha suerte de tener a tu familia más cerca, aún asi la navidad con amigos es bonito y divertido, espero que pases una bonita navidad también, yo esta navidad haré Pavo para mi grupo de amigos que son como mi familia también,
saludos
Hola ..pues en mi caso yo nunca he pasado una navidad sola..si la pase una vez fuera de chile con amigos en Dublin Irlanda ..fue extraña esa navidad ..tampoco pusimos música navideña y para mi fue como una salida de amigos más que navidad, aunque si hicimos intercambio de regalos y una especie de cena ..estuvo muy raro pero me alegro pasarlo con amigos ..ahora estoy en Australia ..y por circunstancias de la vida me encontraré en Sydney para navidad, no conozco a nadie 🙁 y creo que pasaré la navidad sola ..me parece muy triste porque nunca he tenido esa experiencia pero me alegra saber que no soy la única
Hola Anónima,
gracias por compartir tu experiencia. Te entiendo perfectamente, esas navidades “fuera de libreto” se sienten raras, pero al final uno se queda con el cariño de la gente que lo acompañó, aunque haya sido una versión descafeinada de Navidad 😅.
Sobre Sydney, no he estado aún, pero algo que nunca falta en una ciudad grande es algún grupo de latinos, estudiantes o expatriados que arma cenas, reuniones o hasta fiestas para quienes pasan estas fechas lejos de casa. En una de mis navidades solo, mi universidad terminó organizando una fiesta medio discotequera… poco navideña, pero igual me salvó la noche.
Ojalá te salgan planes bonitos allá. Y si no, tampoco estás sola, somos varios los que pasamos por eso y seguimos adelante.
Si te animas, cuéntame después cómo te fue. Mucho ánimo y que todo te vaya bien.